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‘Orange Is the New Black’ lo arriesga todo con una toma de rehenes

By admin / Published on Thursday, 15 Jun 2017 19:17 PM / No Comments

Al principio de la toma de rehenes que sucede durante la quinta temporada de la serie de Netflix Orange Is the New Black, Gloria Mendoza (interpretada por Selenis Leyva), urge a sus compañeras de la prisión a que desistan. “No es demasiado tarde”, dice. “Todavía no muere nadie. Todavía podemos entregarnos”.

En cierto sentido, es como si la serie estuviera hablando consigo misma. “Si te comprometes con esta trama”, parece decir, “y esta situación sigue hacia su conclusión lógica, harás cosas que no puedes deshacer y este será un programa distinto al que era cuando empezó. ¿Realmente quieres eso?”.

Sí, parece responder esta temporada que a veces se sale de control. Orange Is the New Black realmente quiere hacer eso.

Las revueltas empezaron al final de la cuarta temporada, cuando un guardia mató a Poussey Washington (Samira Wiley) durante un disturbio en Litchfield, la prisión para mujeres en el estado de Nueva York. En el caos resultante, el guardia sádico Thomas Humphrey (Michael Torpey) pierde el control de un arma y Dayanara Díaz (Dascha Polanco) termina apuntándola hacia él.

La temporada cinco, estrenada en su totalidad el 9 de junio, empieza en ese mismo momento. La situación se convierte en una toma de rehenes que empieza como lo hacen tantos delitos: se presenta la oportunidad y se toma una decisión impulsiva. Y tal como Dayanara, una artista amateur que de repente se transforma en una rebelde armada, Orange, una comedia dramática de humor ácido, se mueve hacia el drama como nunca antes.

Comprometerse con un cambio tan irrevocable es algo atrevido para un programa que es, en gran medida, exitoso (aunque no sé si llamarlo propiamente un éxito pues Netflix no comparte datos de cuántos televidentes tiene). Orange ya fue renovada para dos temporadas más y fácilmente podría haber seguido durante años por el mismo rumbo.

El asedio de Litchfield dura toda la temporada, que transcurre a lo largo de unos días, y eso hace que el programa se centre en pocas cosas, para bien y para mal. Significa que la serie, que a veces necesita que pase la mitad de la temporada para agarrar ímpetu, tiene un enfoque inmediato.

Sin embargo, la brutalidad muestra de forma pronunciada los problemas con el tono. Orange siempre ha logrado yuxtaponer la comedia y las partes más oscuras, pero las líneas morales —lo que esperas que te horrorice o que te haga reír— son más difíciles de dilucidar en esta ocasión. Hay abuso de guardias cautivos y de otras prisioneras; incluso hay mutilaciones.

Esa mescolanza —sátira, terror, sufrimiento, jocosidad— es ingeniosa, pero no siempre funciona.

Aunque la premisa es vigorizante: ¿Qué harán estos personajes con la libertad, aunque sea durante poco tiempo? Algunas se vuelven sanguinarias; otras construyen una economía de trueque con dulces y Cheetos. En palabras de Lorna Morello (Yael Stone): “Es como una fiesta, ¡excepto que es aterradora!”.

El cambio más notorio se da en la mejor amiga de Poussey, Taystee Jefferson (Danielle Brooks). Se convierte en la negociadora de las prisioneras en una actuación destacable para Brooks, cuyo personaje se envalentona para cumplir con la tarea.

Sería fácil para Orange hacer un retrato color de rosa de las prisioneras. Sin embargo, entre las críticas al sistema industrial de prisiones, nunca pierde de vista que muchas de las reclusas sí son mujeres peligrosas que han hecho cosas malas. Y tampoco deja de lado que hay conflictos de interés entre el Estado —representado por el capataz bien intencionado pero debilucho, Joe Caputo (Nick Sandow)— y el ámbito corporativo, simbolizado por MCC, la empresa que gestiona la prisión y no ve a Litchfield ni a sus habitantes más que como números para la contabilidad.

Orange siempre ha sido una serie sobre cómo se construyen las sociedades en espacios confinados. Es casi una novela rusa, con decenas de personajes que vienen y van; algunas eran protagonistas, como Piper Chapman (Taylos Schilling), y ahora han quedado relegadas. Con sus disputas y las subculturas raciales y étnicas, Litchfield tiene una geografía tan expansiva como la de Westeros y Essos en Game of Thrones.

Para elaborar sobre esa analogía, esta temporada muestra cómo se unen algunos de los reinos en contra de sus propios Caminantes Blancos, como es el caso de los perpetradores del sistema disfuncional en Litchfield. Aunque en esta serie no hay magia: aunque lo admitan o no, todos saben que los disturbios en las prisiones no terminan bien.

Ese conocimiento le da propósito a la temporada. Más que nunca, Orange es un vehículo que va a toda velocidad pero al que le falta el volante: no siempre se mueve de manera estable, puedes sentir cómo el chasis va golpeando contra la carretera, pero siempre hay urgencia.

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